J. P. Rojas | Escritor y divulgador literario

Escritor · Narrativa negra y detectivesca

J. P. Rojas

Toda historia esconde
otra historia.

Novelas y relatos que se adentran en el crimen, el engaño y las preguntas que deja la condición humana. Lecturas para seguir conversando mucho después de la última página.

J. P. Rojas, escritor y divulgador literario, sentado junto a una biblioteca
J. P. ROJAS / EL AUTOR DETRÁS DE LAS HISTORIAS
Novela negraFicción policialDivulgación literariaDe Maracaibo a las páginas

01 / Las novelas

Dos historias.
Una mirada propia.

El fanatismo y la búsqueda de la verdad. La promesa de una fortuna y el arte del engaño. Dos puertas de entrada al universo narrativo de J. P. Rojas.

Portada oficial de Santas Ofrendas Mortales, de J. P. Rojas

Novela negra · Suspenso

Santas Ofrendas
Mortales

Dos hombres creen dar sentido a la muerte. Dos mujeres buscan detenerlos y contar la verdad.

Uno está convencido de cumplir una misión divina. El otro entiende el sacrificio como una forma de arte. Frente a ellos, una mujer carga con la responsabilidad de detenerlos y otra con la de informar al mundo.

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¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Acaso hemos venido a este mundo solo para transcurrir, sin dejar nuestra huella, sin hacer un aporte que sacuda y mejore a quienes habitan este planeta? ¿Por qué en la sociedad actual la muerte no es comprendida en toda su dimensión? ¿No será, acaso, que los seres humanos perdieron la capacidad de darle un sentido al final de la vida? ¿Será, entonces, que hay que recordarle a la humanidad la gloria de morir con un propósito, de una muerte justificada?

Dos hombres; uno convencido de que tiene una misión divina que reivindicará la muerte; el otro, de que su aporte es entregarle al mundo el arte de un sacrificio.

Dos mujeres, una que carga con la responsabilidad de detenerlos; otra, con la de informar al mundo la verdad.

¿Quién llegará a la meta y cumplirá con sus objetivos antes?

EDITORIAL LETRA MINÚSCULA · ISBN 978-84-1090-279-4

Portada oficial de Operación: Jeque Mate, de J. P. Rojas, con Caracas al fondo

Ficción policial · Inspirada en una historia real

Operación:
Jeque Mate

Caracas. Una promesa millonaria. Un hombre que no es quien dice ser.

Un supuesto jeque llega a Venezuela con la promesa de invertir millones de dólares. A su alrededor se teje una trama de víctimas, intermediarios e investigadores: una partida en la que cada movimiento puede revelar la estafa.

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Un país con sus ya acostumbrados y usuales problemas económicos es sorprendido con la presencia de un hombre que se hace pasar por un jeque que se acerca a Caracas, Venezuela, para invertir millones de dólares en diversos proyectos.

En este policial, basado en una historia real, conoceremos a personajes ficticios basados en esta conocidísima estafa: a sus víctimas, a Juan Manuel, a los ingenieros, a los inspectores que llevaron a cabo toda la investigación y al equipo del jeque Al Tamini.

EDITORIAL LETRA MINÚSCULA · ISBN 978-84-10059-36-8

02 / Cuentos seleccionados

El terror también
se cuenta de cerca.

Tres cuentos seleccionados en convocatorias de terror y reunidos en antologías. Aquí puedes conocer su recorrido editorial y leer los textos completos.

01

La maldición de María del Pardo

Seleccionado por el jurado de Alas de Cuervo el 27 de junio de 2025, con una puntuación de 9. Incluido en Nadie vuelve del cafetal (2025), pp. 35–40.

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Bajo los continuos piquetes resonantes de los esclavos golpeando la piedra a un ritmo sonoro, Doña María del Pardo es víctima de su propia maldición. Sumida en la completa oscuridad, encerrada en su cuarto de lujo, ni los rayos de luz de luna son reflejados en el abundante oro esparcido por su habitación. Destinada a la oscuridad por el mineral más brillante y hermoso, su alma putrefacta absorbe toda la luz circundante dejando sin brillo a minerales, personas y hasta el mismo pueblo.

Negros son de piel los esclavos que habitan las minas de Buriticá. Antioquia, pero la verdadera oscuridad emerge de la casa patronal donde el mismísimo diablo ahora es el dueño de estas tierras. Sin cachos ni cola, sin fuego ni tridente. El mal se personifica en el frío perturbador del corazón de María del Pardo quien, al pasar al lado de sus esclavos, les roba la energía y felicidad sólo con una mirada macabra que eriza la piel y enferma el estómago.

Aunque parezca absurdo, oculto a la luz del día. El Negro Matías, bajo los abrasadores rayos del sol, funde con oro robado de la mina de sus dueños, lo que sería el objeto que representaría la salvación de su pueblo de las fauces de la bestia del infierno. Pero ¿Es robarle al diablo un pecado? Como líder de su tríbu, un Ángel de Dios se le presentó en sueños y le dijo que bajo la incandescencia solar tenia que fundir el preciado metal y construir una campana para la liberación del pueblo.

Cada martillazo, cada estallido del carbón ardiente, resuena con dolor en los oídos de María del Pardo; sin saber que se está fraguando en su propio patio trasero lo que podría representar su eterna condena.

Seducida por la lujuria y ambición, mientras estaba casada con Don Jaramillo de Andrade, quien fuese el dueño de las minas que luego heredó. Conoció a “El mozo”, el hijo del Gobernador de la Provincia de Antioquia, que llegó un día desde España y con sus encantos, enamoró a María del Pardo. Su aventura, como una estrella fugaz, duró poco, pero fue sumamente intensa. Tanto que María no pudo concebir su vida sin este mulato con privilegios de blanco criollo.

Convencida de la desgracia de su vida sin su verdadero amor, en un rito oscuro y malévolo, invocó fuerzas que ningún humano debería conocer y entregó, en una acto lascivo e inmoral, su cuerpo a un Nahuel espectral que la domó y ennegreció su alma, condenándola en un trato perverso. Su alma y la de su amor “El mozo”, serían una a cambio del alma de su actual esposo.

Decidida a realizar el acto fatal, en una hermosa cena realizada a su actual esposo y siguiendo las directrices de su socio el demonio, envenenó a su marido haciendo parecer que este había muerto por causa de una congestión estomacal aguda y fatal. En el momento de su muerte María del Pardo sintió un dolor que atravesó toda su espina que terminó, al contrario de lo que se podría esperar, en un júbilo espontáneo que la abrumó.

Ocultando su repentina felicidad, lloró a su esposo en el funeral y sumida en una aparente tristeza se encerró en su cuarto donde por las noches llegaba su enamorado “el mozo” a calmar su triste alma. El trato había salido mejor de lo que la propia María del Pardo esperaba. Su esposo le había dejado las minas a su nombre y la convertía de allí en adelante en una de las mujeres más ricas e importantes de Antioquia. Además, era libre de casarse con el hombre que amaba. Unicamente le había costado la muerte de un hombre al que nunca le tuvo amor, porque fue obligada a casarse con él por presión social y el estatus que le podía ofrecer, que ella estaba convencida que lo merecía.

Como era de esperarse la boda entre María del Pardo y “El Mozo” se realizó en la hacienda invitando a las personas más importantes y acaudaladas de la provincia. No se escatimó en gastos para la decoración, la comida no faltaba y los negros esclavos complacían los caprichos de todos los invitados, incluso aquellos que pudieran parecer excéntricos, por así decirlo.

Tal vez por la ostentosidad que nubla el juicio o por el brillo del oro que no permite que la luz de Dios penetre el alma o, simplemente la explicación más factible, por la vanidad y el pecado. Ninguno de los invitados notaba el aura pesada y asfixiante que rodeaba esa noche sin luna, pero los esclavos sí. Sus corazones acelerados y angustiados por una amenaza invisible, rezaban y se persignaban mientras eran obligados a seguir con sus rutinas de trabajo extenuantes. Ya no les importaba fingir una sonrisa porque le temían más a lo que acechaba que a los golpes que sus dueños podrían propiciarles.

Entonces un fuerte viento sacudió la hacienda apagando todas las velas y fogatas del lugar. Un sonido ahogado, sosegado, pero al mismo tiempo ensordecedor salió de las profundidades de las minas que se escuchó hasta Santa Fe de Antioquia. Los negros, todos al unísono se arrodillaron porque conocen las profundidades de las minas y saben el respeto que se merecen. Al contrario, aquellos terratenientes y damiselas, después de un breve silencio, todos comenzaron a reír, primero con risas nerviosas, luego con carcajadas auténticas que se rompían en el aire unas con otras sin dejar espacio al silencio. Lo que no sabían era que estaban siendo cómplices del pacto no dicho que sería la ruina de esas tierras y sus dueños.

La vida soñada de María del Pardo duró tampoco como las promesas vacías que un demonio podía cumplir. Su eterno amor “El mozo” se le fue arrebatado 3 meses después en un supuesto accidente a caballo que nadie pudo explicar. Los que pudieron ser testigos de aquel raro acontecimiento, dicen que el caballo de un momento a otro pareció estar poseído y empezó a cabalgar cada vez más rápido contra un Samán. “El mozo” siendo un excelente jinete, no parecía poder controlar la bestia e incluso, aunque daba muestra de lucha, lograr escapar de la montura para saltar del caballo. El caballo con su jinete terminaron estrellándose estrepitosamente contra el Samán. Al llegar los que estaban más cerca, solo pudieron ver a ambos, el caballo y el jinete, muertos en una impactante y sangrienta escena de vísceras y órganos esparcidos por la tierra.

En el funeral María del Pardo sentada cabizbaja pudo sentir una presencia que la acechaba, al levantar la cabeza vio al Nahuel encima del ataúd abierto de su marido comiéndose las entrañas mientras la sangre salpicaba y le goteaba por toda la cara, esbozando una mueca de satisfacción enfermiza. ¡Maldito! Gritó enfrente de la multitud. ¡Maldito! Volvió a gritar mientras señalaba el ataúd de su esposo difunto. Nadie más podía ver el Nahuel, ella seguía gritando y apuntando, haciendo un escándalo bochornoso y fue llevada a su cuarto para que se calmara.

Allí acostada, ya más relajada se volteó para conseguirse con el Nahuel que la miraba sentado en la esquina de la habitación.

-Ahora eres mía. – Dijo con voz putrefacta. -Mi amo. Desea este oro para sus… actividades. Pondrás a trabajar a tus negros día y noche y sino cumples con las cuotas…

María del Pardo sintió otra vez el dolor de la espina, ésta vez era abrasador e insoportable.

-Sufrirás tanto dolor que desearás que venga por tu alma para que por fin te puedas reunir en el infierno con tu dulce amado.

Desde ese día, la oscuridad se adueñó de la hacienda y María del Pardo irremediablemente fue sucumbiendo a la maldad y su alma se ennegreció. No tenía amor y tampoco podía disfrutar de sus riquezas, era víctima de sus pecados y no podía hacer nada para liberarse de esa situación. Aunque lo intentó de diferentes maneras, siempre llegaba el Nahuel a tiempo para impedirle que se quitara su vida, sumiéndola en un bucle de tristeza y rabia, que liberaba contra sus negros que sufrían las consecuencias de su malvado trato demoniaco.

El negro Matías tardó años en recolectar la cantidad de oro que necesitaba mientras veía el sufrimiento de su pueblo a merced de las fuerzas demoniacas. Ese día por fin terminó la campana de casi 60 kilos de oro de 10 quilates. Un grupo de negros comandados por Matías, instalaron la campana en la Iglesia del pueblo. Ya que, según las directrices del ángel, tenía que ser tocada justo a la puesta del sol para que la maldición se rompiera y liberar a los negros de la opresión excesiva de la dueña de esas tierras.

Minutos antes de la caída del sol, ya los negros preparados para hacer sonar la campana, el Nahuel vio el reflejo de los últimos rayos del sol en la punta de la Iglesia y entendió el peligro inminente. Se convirtió esta vez en un corcel negro como la noche y ordenó a María del Pardo que se montara y juntos salieron de su habitación rompiendo los vidrios de la ventana en una estrepitosa carrera. Todos los negros veían la escena como la jinete y el caballo corrían dejando una estela negra a su paso, dando brincos incluso por encima de los techos de las casas con una agilidad asombrosa.

Para el triste asombro de los esclavos, el Nahuel con María del Pardo llegaron antes de que los negros pudieran sonar la campana. María se metió dentro de la campana y abrazó el badajo para evitar que pudiera golpear las paredes de la campana. Mientras de un tajo, el Nahuel con su boca en una demostración de fuerza sobrenatural, arrancó la campana y como perro con su hueso, se la llevó rumbo al rio Buriticá. Entonces a lo lejos, ya cerniéndose la noche, del otro lado del puente estaba el Negro Matías con una cruz de oro brillante como el sol. La campana por su parte ya empezaba a perder su brillo opacado por la oscuridad del Nahuel y de María del Pardo.

-¡Te ordeno que liberes la campana! Engendro del demonio. -Gritó Matías.

El Nahuel sacudió el cuerpo en respuesta de forma desafiante y piafó para empezar su envestida. El negro Matías decidido, no vaciló en mantener su posición mientras la bestia empezó a correr en dirección a él con la campana de 60 kilos en la boca y María del Pardo en su interior aferrada al badajo, evitando que la campana repicara. Entonces ya teniendo cerca a la bestia, el Negro Matías en un último acto heroico levantó la cruz de su mano y pegó un grito al cielo. La cruz se unió al último rayo del sol y brilló tanto que segó al Nahuel que resbaló y cayó al río junto con la campana y María del Pardo. Tanto el Nahuel como María del Pardo empezaron a hundirse junto con la campana, lo que los obligó a soltarla para salvarse. Se vio como emergieron los dos, mientras que desde el fondo del rio se escuchó un campanazo que pudo ser visible a través de las ondas que se propagaban por el rio.

El cambio fue instantáneo. La luna volvió a salir en el pueblo después de muchos años y la bruma espesa y maligna se dispersó dando paso a una noche serena y amigable. El Negro Matías volteó su mirada y vio como María del Pardo montaba el Nahuel saltando de piedra en piedra rio arriba dejando las huellas derretidas en cada piedra que pisaba.

Se dice que ahora María del Pardo vaga junto con el Nahuel por los alrededores robando el oro de los trabajadores para pagar la cuota que le permita unirse con su amado así sea en las llamas abrasadoras del infierno. Y el Nahuel como castigo por haberle fallado a su amo.

FIN

02

La bañera maldita

Seleccionado por Terror Mítico el 20 de octubre de 2025 para la convocatoria Objetos Malditos, cuya antología recibió el título Con sabor a venganza (2026). Texto del autor.

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Por la calle vieja empedrada, donde el viento siempre se devuelve, donde siempre huele a humedad añeja, estaba la vieja casa.Los meses se les hacían años a los inquilinos anteriores. Donde antes había risas y jolgorio, la sombra los acobijó en una deprimente tristeza. Solo quedaba la prisa por salir de ese maldito lugar… si todavía podían.

La frustración al escuchar de tu médico:—Puede ser esporas de algún hongo por lo viejo de la construcción.

Pero nadie le hacía caso a la vecina que solo advertía, y a la que tachaban de loca por repetir siempre lo mismo: ¡No te bañes allí!

Llegué por la necesidad de cambiar el aire poluto de la ciudad. Recibí una carta que cambió mi vida: la casa de un tío que no conocí le dejó su propiedad a mi difunta madre. Sin más herederos que pudieran reclamarla, la heredé por omisión.

Elena, no drenes el agua por lo que más quieras. Mejor, si puedes… derrúmbala hasta sus cimientos.

Era sábado y el pueblo parecía sumido en su letargo. La gran puerta de madera roída, que olía a estiércol con barniz, cedió con un quejido estridente que hacía rechinar los dientes. Un haz de luz entraba por una hendija que permitía ver el polvo bailar en el aire, y una ventana entreabierta silbaba al compás de las ráfagas de viento.Pero, entre los momentos de silencio intermitente, parecía escucharse una respiración ahogada.

La casa albergaba una pesadez atípica, pero nada que me detuviera en esta nueva aventura. Lo realmente tenebroso era el pasillo al baño, que parecía descender hacia los corredores del inframundo. Abrí la puerta: sus azulejos vencidos, manchados y opacos, le daban un aspecto lúgubre. Sin embargo, una bañera espléndida de cobre pulido brillaba, impoluta, majestuosa y marcadamente inconsistente con el resto del baño.Los grifos estaban cerrados, pero la bañera estaba llena hasta la mitad. El agua quieta, con una serenidad que llamaba a la calma, resultaba todo menos apacible… inquietante.

Por curiosidad, metí la mano. La temperatura era ideal, como si adivinara mi deseo. Podría jurar que escuché a alguien decir “Entra” en tono espectral, difuso, que se colaba con el leve moverse del aire. Estaba dispuesto a sumergirme cuando tocaron a la puerta: había llegado la mudanza.

Terminé exhausto y decidí dormir. El crujir de la casa tenía ritmo, como un corazón. También se escuchaba a alguien gargareando, pero con una garganta gigantesca. El sonido era tan grave que parecía un sumidero por explotar.¡El sumidero de la bañera!, me dije.

Lo primero que hice al levantarme fue llamar a un fontanero, un tipo rudo con cara de pocos amigos.—¿La bañera, eh? No es la primera vez que la reviso. —Giró su cuerpo mirando toda la casa y exclamó—: ¡No me gusta esta casa!

Sacó un video endoscopio para tuberías y lo metió. Al principio, todo normal, pero después de unos setenta y cinco centímetros la cámara empezó a fallar. Las paredes ya no parecían de metal… ¡parecían carne!La cámara se apagó.—¡Estúpida cosa barata! —exclamó el fontanero—. No sé qué sea eso. Mi recomendación: no se bañe allí.

Me prometí no usar la bañera, pero tras ordenar la mudanza estaba cansado y sucio. A pesar de haber barrido y lavado, aún se mantenía ese mismo olor a sangre seca que había percibido el día anterior, y parecía salir de la bañera.

—Un baño rápido. ¿Qué podría pasar? —me dije. Un error que no debí cometer.

Llené la tina. El agua caliente desprendió vapores que empañaron el espejo.Me sumergí hasta el cuello y un silencio incómodo me envolvió.

Una agradable sensación invadió mi cuerpo, haciéndome sentir plácidamente relajado. Me quedé obnubilado hasta que un cansancio extenuante me doblegó. Entonces lo sentí: un jalón que venía del sumidero.

Salí a trompicones. El agua se arremolinó y desapareció con una avidez antinatural, como si hubiera tenido sed por demasiado tiempo.

Me sequé. Al volver la mirada al espejo empañado, podría jurar que mi piel se veía más opaca y mis ojos hundidos. Me convencí de culpar al viaje y al trajín de esos días.

Esa noche, entre sueños y vigilia, escuché de nuevo la voz espectral, ahora diciendo: ¡Más!El gorgoteo inquietante volvió con tal vehemencia que me levantó exaltado.

Al otro día fui a la hemeroteca para investigar. Tras mucho buscar, finalmente encontré recortes: “La terapia por inmersión que es casi milagrosa” del cirujano Arturo Montfort. Reportaban “pacientes rejuvenecidos”… pero seguí investigando.Pronto hallé la verdad: empezaron las desapariciones y los pacientes “rejuvenecidos” terminaban aún peor que antes al cabo de unos meses. Montfort nunca fue juzgado; desapareció misteriosamente. Solo se encontró un diario antiguo, y el escrito más perturbador decía:

“El huésped pide más. El ritual nunca debió hacerse. Ahora el sacrificio pedido es mucho más costoso que los beneficios. La vida es una corriente.”

Al volver caminando, la vecina se me acercó con cara de desprecio solo para decirme:—Esa casa roba.Asombrado, le respondí:—¿Qué roba?—Tu brillo… Mi hermana vivió allí seis meses. Salió como ceniza.—¿Qué le pasó? —pregunté.—Se bañó…

Esa noche bajé al sótano por primera vez para seguir las tuberías. La linterna me mostró una escena tétrica: las paredes parecían transpirar y la humedad era densa. En una esquina, el desagüe que venía del baño parecía respirar. Me acerqué para examinarlo y sentí aún más fuerte la respiración que emergía de esa tubería.

Decidí vender. No quería quedarme más tiempo en esa tétrica casa con una bañera “maldita”.Sorpresivamente, la inmobiliaria me dijo que había un comprador interesado al siguiente día. ¡Quién podría imaginarlo!

No sé si por el aura de la casa o por mi paranoia, pero el hombre que llegó tenía la misma energía oscura de la casa. Parecían estar hechos el uno para el otro.

Me tocaba pasar una noche más cerca de esa maldita bañera y, aunque parezca cínico y masoquista, una parte de mí quería bañarse en ella.

Aunque la noche fue larga, llegó el amanecer. Yo tenía una cara tan demacrada que parecía haber perdido cinco años de vida en pocos días.

Llegó el comprador. Al entregarle la llave, lo vi a la cara… lo reconocí. Su sonrisa maquiavélica y esos ojos hundidos los había visto antes.—Me gustan las casas con carácter —dijo.

Llegó con dos pequeñas maletas. Entró y revisó toda la casa. Pude sentir su intriga en el baño; se quedó parado en el pasillo mirándolo con la misma perspicacia que yo lo había hecho.

Cobardía con disfraz de justicia. Eso fue lo que me llevó a no delatarlo. Tal vez la bañera podría hacer lo que la justicia no había podido hasta el momento.

Aún recuerdo esa tarde en mi casa, meses antes de que me llegara la carta de la herencia. Se había escapado de la cárcel un criminal acusado de matar al menos a cuatro mujeres. Una cara así no se olvida, aunque se cambie el peinado… los ojos nunca mienten.

No recuerdo el nombre que dieron en el noticiero, pero sí que era Alias: “L”. Ahora tenía su nombre completo y dirección. Podía ir a la comisaría y entregarlo, pero no. Una parte de mí quería que la casa… resolviera.

Hice el recorrido por la vereda principal, como saliendo del pueblo, pero me devolví por la maleza para poder espiarlo. Las horas pasaron y esa tarde se nubló de forma perturbadora. Entonces, ya cerca de la ventana del baño, lo pude escuchar: el agua empezó a correr mientras la bañera se llenaba lentamente. El fluir de la llave mutó en ronquido hambriento.

La felicidad que precede a la comida tras horas de inanición.

La puerta del baño se cerró con un golpe seco y el vapor salió por la ventana. Iba a suceder.

El silencio se hizo presente y mi angustia aumentaba. Pegué el oído a la madera; me costó mucho entender lo que escuchaba. Se oían… sorbos.Sorbos largos, pero no satisfechos… enfermos.

Escuché entonces un grito ahogado y agonizante. Decidido, corrí hacia la puerta principal. La abrí a patadas y recorrí el pasillo hacia el baño.Un empujón a la puerta y se abrió. El vapor se disipó desvelando el horror: la bañera casi vacía, la poca agua giraba en círculos, negra como sangre coagulada. Una mano en el borde de la bañera, aferrada sola, sin cuerpo que la acompañara.

El hedor a sangre coagulada inundaba toda la habitación, volviendo el aire casi irrespirable, mientras el sumidero hacía ruidos como regurgitando.Lo que inició como una comida placentera terminó en una repulsiva indigestión.

La casa entera empezó a temblar. La madera crujía y los marcos se retorcían.El espejo del baño se cuarteó como hielo, dejando caer pedazos al suelo. La bañera, antes de cobre reluciente, fue tomando un color ocre opaco, enfermizo. Un sonido sórdido y abrumador emergía del fondo de la casa y corrí al sótano.

El desagüe se movía como una garganta intentando vomitar. Con cada arqueada, la casa retumbaba y se oía el crujir de la bañera.Recordé un pasaje que leí del diario: “Si el huésped recibe veneno, el huésped muere”.

¡Veneno! No hay peor veneno que la maldad pura.

Subí a trompicones mientras la casa retumbaba. Me asomé por el pasillo y vi cómo la bañera se reducía a un metal ennegrecido y aberrante.

Ya parado en la sala… llegó el silencio. La calma antes del desastre.

La casa empezó a inclinarse y moverse. Una abertura quebró la estructura por la mitad y todos los muebles comenzaron a caer. Los cuadros se estrellaban. Apenas podía mantener el equilibrio.

Sentí una voz que venía de la ventana. Mi vecina me gritaba desesperada:—¡Salga! —agitaba una cruz en la mano como protección.

El suelo del baño se abrió y entonces emergió… un ente negro, gelatinoso, repulsivo y amorfo. Sin poder distinguir cuerpo alguno, solo una boca como una gran ventosa que usaba la cañería como pitillo. Se veía atragantado intentando vomitar algo que ya no saldría de su cuerpo. Sus últimos alientos malignos salían de su asquerosa boca repulsiva.

Debajo de él, un pozo oscuro como la noche empezó a tirar. Criatura y casa comenzaron a hundirse en las profundidades.

Empecé a gatear y correr hacia afuera. La salida brillaba como si escapara del mismísimo infierno para entrar a las puertas del cielo. Me aferré al marco de la puerta, mientras sentía cómo toda la casa se hundía detrás de mí.

Mi vecina se acercó y me tendió su mano con el crucifijo. Estaba caliente como una brasa, pero no quemaba. Con una fuerza inhumana, la vieja me jaló y caímos fuera, mientras veíamos cómo se terminaba de consumir la casa. Un último grito agonizante y luego… silencio.

Donde hubo madera, metal y orden… ahora solo quedaba polvo, arena y barro.

Nos acercamos lentamente a donde antes estaba el pozo. No había rastro alguno, había quedado tapiado por la arena y los escombros.

Días después, la municipalidad cercó el terreno. “Peligro”, decía un letrero.

Algunos juran que todavía, al pasar cerca, pueden escuchar una respiración.

Si alguna vez estás por una colina y escuchas un gorgoteo y una respiración malévola, no respondas. Tal vez el agua tenga memoria… y hambre.

03

Los ojos verdes del Castillo de La Alboraya

Seleccionado por Terror Mítico el 20 de junio de 2025 para la convocatoria Territorios Malditos. Incluido en Hogares execrados (2025), pp. 11–16.

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Las jóvenes Ana y Rafaela se acercan en la penumbra de la noche, llamadas por una curiosidad inexplicable, al edificio que de día es su recinto escolar. De arquitectura hispanomusulmán de paredes raídas y pintura desgastada, por la noche presenta un tinte más turbio al reflejarse la luz de la luna. Al estar paradas al frente del que antes fuera un castillo propiedad de Cecilia Márquez y Miguel Borrás a inicios de 1900. La piel se les eriza al sentir una ráfaga fría atípica en las noches calurosas de Barraquilla. La fuerte curiosidad que las llama es más intensa que el miedo que las acecha.

Ana da el primer paso, pero se congela al sentir un temblor visceral en las piernas, pero Rafaela impulsada por una fuerza ajena a ella la empuja para que sigan en su empresa, cualquiera que fuese que ellas no podían explicar. Habían dejado estratégicamente una ventana abierta en el día que les daría acceso al interior del Antiguo castillo, que estuvo abandonado por más de 50 años por su fama de estar maldito, para muchos años despues ser restaurado y convertirse en una institución Educativa. Al pisar el interior, inmediatamente escucharon el rechinar de una silla moviéndose en la lejanía. –¿Hola? -Dice Rafaela con voz quebradiza, sin conseguir respuesta alguna. Empiezan a caminar por los pasillos oscuros y sombríos solo acompañadas de una pequeña linterna que vibra al temblor fino de la mano de Ana.

Instintivamente se dirigen a la parte de atrás del castillo a un cuarto lúgubre donde parece que la luz de la linterna es devorada por la oscuridad penetrante. Ana como guiada por alguien, se acerca a un candelabro en la pared de bronce corroído y hala de él. Con un sonido rechinante que invade todo el cuarto se abre una pared dejando al descubierto un pasadizo secreto del cual sale una ráfaga de viento frio y escalofriante. Ambas chicas vacilan un momento y se ven las caras de terror. Sin poder hacer nada al respecto, siguen su camino como si su voluntad ya no les perteneciera.

Entran por el tétrico pasillo de paredes de piedra fría cortando la penumbra con su pequeño haz de luz. Comienzan a bajar las escaleras, una a la vez con lentitud temblorosa y decisión perturbadora. Luego de bajar por lo que les pareció las escaleras más largas de su vida, el horror se hace presente. Llegan a un cuarto abandonado y sombrío, tenuemente alumbrado por un haz de luz de luna que se cuela por un tragaluz colocado con precisión arquitectónica. Es esta luz de luna que exhibe las atrocidades que alberga este lugar. Una sala de tortura despiadada, se abre frente a sus ojos: Camillas de tortura, guadañas, flagelos, cuchillos, serruchos y una guillotina se ven esparcidas por toda la habitación.

En eso, la linterna empieza a fallar haciendo que la luz se vuelva intermitente. A Ana y Rafaela se les acelera el corazón y el sudor frío les corre de igual manera por la frente y por la espalda. La respiración de ambas se sincronizan a una velocidad desesperante mientras la linterna hace que la luz alterne entre oscuridad y claridad.

De repente, la oscuridad total se hace presente. La linterna finalmente se apaga y la luna ya no les presta más su ayuda. Las chicas se encuentran petrificadas, absortas en su pánico, no son capaces ni de hablar. Ana siente como el viento se mueve alrededor de ella como si alguien pasara rápidamente por su lado. A Rafaela el pelo se le mueve por una ráfaga inexplicable. Sin poder hacer nada, unas lágrimas silenciosas emergen de los ojos cerrados de las chicas. Los movimientos espectrales en la oscuridad se hacen más intensos, repetitivos y cercanos.

Rafaela y Ana, esperando lo inevitable, se abrazan buscando en la otra una seguridad inexistente. Repentinamente el revoloteo termina, la linterna vuelve a brillar a la par que la luz de la luna reaparece. La habitación se vuelve más ligera y con ello, las chicas respiran y sienten que sus cuerpos vuelven a pertenecerles.

Se separan y cruzan miradas aliviadas de seguir con vida. Respiran ambas profundamente y deciden salir lo más pronto posible de ese maldito lugar. Pero justo antes de voltearse ambas hacia la escalera, son atacadas por una imagen espectral que las vuelve a congelar con sus ojos verdes como esmeralda. Las mira con intensidad inquietante mientras sienten un sufrimiento anquilosante desde los pies hasta la cabeza. La mirada triste y sollozante de esos ojos verdes agonizantes las trastoca y quiebran su espíritu vulnerable.

Están paradas ausentes de voluntad y empiezan a levitar lentamente unos centímetros del suelo mientras sus cuerpos se retuercen y tiemblan adoptando poses extrañas y aberrantes. Finalmente son empujadas hacia las escaleras por una fuerte ráfaga de viento que vino acompañado de un grito agudo y ensordecedor que les removió hasta el alma. ¡Váyanse! El sonido venía de ningún lado y de todas las partes al mismo tiempo. Ana y Rafaela al poder sentir que eran amas de las acciones de sus piernas, no dudaron ni un segundo y salieron corriendo a todo dar de ese macabro lugar dando tumbos descoordinados.

Una semana después, Ana y Rafaela por fin tuvieron el valor de hablar de lo que les había sucedido. Hubieran querido dejar esa horrible experiencia atrás pero no habían podido porque Ana, al volver a su casa, notó que tenía una pequeña llave en su bolsillo. Rafaela por su parte, llegó con una pequeña cajita que tenía una ranura para una llave. Ambas, habían soñado repetidamente que tenían que abrir la cajita misteriosa y no podían evitar por mas tiempo su destino.

Se aislaron en un cuarto las dos y se dispusieron a conocer el contenido de la misteriosa cajita. Al abrirla, consiguieron en su interior una hoja de papel vacía pero que tenía mucho que decir. Como una centella, sintieron un corrientazo que les recorrió el cuerpo al tocar la carta ambas chicas al mismo instante.

En una clase de viaje místico astral al pasado, se vieron de nuevo en ese sótano, esta vez en su macabro apogeo. No eran ellas físicamente, sin embargo su espíritu estaba presente. Atadas y aterrorizadas con heridas visibles por todo el cuerpo, pudiendo sentir ese dolor ajeno, como propio.

Entre momentos de lucidez y escenas nubladas llenas de sufrimiento y agonía, volvieron nuevamente a los cuerpos de esas chicas del pasado. Esta vez huyendo por las escaleras, que ellas mismas habían recorrido aquella fatídica noche, pero en cuerpos ajenos, camino a la luz de la libertad. Al abrir la pesada puerta del pasadizo secreto una luz cegadora las devolvió al presente y se miraron ambas con grandes ojos cual luna llena, asombradas por esta inusual, dolorosa y extraña situación de las cuales fueron protagonistas.

Unos nombres quedaron marcados en la memoria de ambas chicas: Graciela Caycedo y Lucia Lemus. -¿Quiénes fueron estas chicas? -Preguntó Rafaela a Ana. La respuesta ausente sólo generó la misma incertidumbre en ambas que, con convicción inquebrantable, estaban decididas a averiguar.

Luego de revisar los registros de nacimiento de la Iglesia, la Registraduría local y preguntar a los viejos de la localidad, descubrieron la perturbadora coincidencia que les heló la sangre. Aquellas jóvenes a las cuales habían encarnado en su inusual viaje astral temporal… Eran sus tatarabuelas, una la de Ana y otra la de Rafaela. Las chicas cada vez más consternadas con los giros que tomaba esta situación, estaban decididas a conseguir la verdad de esa historia familiar que las unía por lazos de amistad transgeneracional.

Consiguieron la respuesta en los registros de la hemeroteca, en los antiguos ejemplares del extinto periódico “El Promotor”. Mientras iban pasando las noticas de los años en las que sus tatarabuelas estaban vivas. Al pasar una de las páginas, esos ojos verdes esmeralda flashearon enfrente de sus caras llevándose un micro susto de muerte. Se decidieron en leer la noticia que estaba grabada.

19 de Septiembre de 1905.

El millonario que lleva una doble vida de Terror.

Dos chicas, la semana pasada, llegaron a la sede de la policía regional todas golpeadas, con signos de tortura prolongada, deshidratadas y hambrientas contando una historia que dejó aterrorizados a los policías.

Graciela Caycedo y Lucia Lemus, reportadas como desaparecidas desde hace más de dos meses. Eran parte del grupo de 15 desaparecidos de los últimos años, entre niños y adolescentes, de los cuales no se sabía noticia hasta el día de hoy.

Según las chicas desaparecidas, habían estado cautivas en el sótano de la Casona de la hacienda la Alboraya, mejor conocido por los locales como “El Castillo de La Alboraya”. Estuvieron siendo torturadas sistemáticamente por el dueño de los previos, Miguel Borrás.

Las autoridades, alertadas por la asombrosa historia, se hicieron presentes en la Casona donde se reveló la macabra historia que ahora tiñe de desgracia, maldad y perversión nuestra hermosa capital del Departamento del Atlántico.

Miguel Borrás, ciudadano ejemplar de día, por las noches era la representación misma del diablo en la tierra. A través de ritos oscuros y perversos dedicados al rey de las tinieblas, torturaba y mataba a jóvenes de las formas más crueles y despiadadas con múltiples artilugios y herramientas de tortura brutal. Todas estas máquinas malévolas fueron desmanteladas y quemadas, después de que un sacerdote les hiciera un exorcismo para eliminar todo rastro de maldad de esos objetos.

En el sótano se consiguieron enterrados los cadáveres de los 13 niños y adolescentes desaparecidos desde hace dos años hasta la actualidad. Entre ellos, un cadáver fresco de la joven Amaranta De la Serna, desaparecida desde hace 6 meses. Finalmente, se les ha dado entierro cristiano para la tranquilidad de sus almas y la de sus familias.

Después de su arresto, Miguel Borrás no negó ninguno de los delitos que se le acusaban y en un acto de desprecio y odio, juró por las fuerzas demoniacas que se vengaría de las jóvenes Graciela y Lucia, en esta vida o en la otra, con ellas o con su descendencia.

Al preguntarle a las chicas como lograron escapar dijeron que fue por el sacrificio de Amaranta de la Serna que las liberó y se quedó a enfrentar a Miguel Borrás.

Graciela y Lucia aseguraron: “Nunca podremos olvidar los ojos de Amaranta, estarán tallados siempre con fuego en nuestra mente y corazón esos ojos verdes como esmeralda”.

FIN.

03 / Sobre el autor

Primero,
la pasión
por las historias.

J. P. Rojas

Soy J. P. Rojas, escritor nacido en Maracaibo, Venezuela. Mi relación con la literatura empezó desde muy pequeño.

Me inclino por la novela detectivesca y negra, aunque también exploro otros géneros. En Santas Ofrendas Mortales y Operación: Jeque Mate, el crimen, el engaño y la búsqueda de la verdad abren caminos distintos hacia una misma inquietud: comprender las historias que hay detrás de las personas.

La lectura también ocupa un lugar central en mi trabajo como divulgador. Comparto recomendaciones, reflexiones sobre clásicos y propuestas para leer en compañía. Me interesa que los libros sean el comienzo de una conversación.

También escribo relatos de terror. Tres de mis cuentos fueron seleccionados en convocatorias literarias: La maldición de María del Pardo, para Nadie vuelve del cafetal (Alas de Cuervo); Los ojos verdes del Castillo de La Alboraya, para Hogares execrados; y La bañera maldita, para Con sabor a venganza, estas dos últimas del sello Terror Mítico.

Este espacio reúne mis novelas, mis cuentos, mis lecturas y esa pasión por la escritura que me acompaña desde la infancia.

Fuera de mi actividad literaria, soy médico radiólogo de profesión.

04 / Cuaderno literario

Leer también
es conversar.

Una selección de los temas que he compartido en Instagram: clásicos, preguntas incómodas y lecturas en compañía.

I.

Edgar Allan Poe · Lectura compartida

El corazón
delator

Un relato breve para detenerse en la culpa, la percepción y el suspenso. El punto de partida de un MiniClubExprés con preguntas y reflexiones para leer juntos.

DEL ARCHIVO LITERARIO · AGOSTO DE 2025

II.

Victor Hugo · Reflexión literaria

Los miserables

Jean Valjean como punto de partida para conversar sobre el perdón, la resistencia y la posibilidad de redimirse en una sociedad que juzga antes de escuchar.

DEL ARCHIVO LITERARIO · AGOSTO DE 2025

III.

Oscar Wilde · Lectura y condición humana

El retrato
de Dorian Gray

La juventud, la vanidad y el miedo a envejecer. Una reflexión sobre lo que dejamos marchitar cuando convertimos la apariencia en nuestra única medida.

DEL ARCHIVO LITERARIO · AGOSTO DE 2025

Novelas, clásicos y nuevas maneras de mirar lo que leemos.

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05 / Sigamos la conversación

Los libros nos encuentran.
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